miércoles, 17 de septiembre de 2014

Qué siente el juez







En esta sociedad en la que ya no queda títere con cabeza, estamos acostumbrados a ver a los demás y en particular a profesiones que no son la nuestra con más severidad que admiración, incluso o acaso más entre profesiones cercanas, como abogados y jueces. Los jueces ya no son unos señores invisibles, cuyos nombres no se expongan al público ni salgan en fotos y televisión. Todo lo contrario, los jueces, o mejor dicho algunos, se encuentran entre las estrellas mediáticas. Claro que no todos los jueces salen en la tele ni su trabajo diario se corresponde con el que se difunde en las noticias. Entonces, ¿cómo es el juez de a pie? ¿Qué piensa? ¿Cuáles son sus vivencias?

Para saberlo tenemos ahora, recién publicado, La Audiencia se va de caza. Andanzas de un juez de pueblo, Ed. Comares, primera entrega de las memorias de Miguel Ángel del Arco Torres, juez de Instrucción de Granada, con una larga carrera profesional a sus espaldas y mucho que contar. No se espere un libro de defensa corporativa sino crítico y a la vez apasionado por esa profesión. Este primer volumen trata al comienzo de la juventud y los estudios de Derecho, para centrarse después en las tribulaciones y anécdotas del primer destino rural, entre las que, como se dice en la reseña de Granada Hoy, “hay de todo, siniestro y desternillante, terrible y tierno, cruel y reconfortante”.

Mucho más escueto es el también reciente artículo publicado en Abogados, revista del Consejo General de la Abogacía de septiembre de 2014, “Treinta cosas que, como juez, me irritan de un abogado”, de José Ramón Chaves García, que comienza diciendo que “los jueces tienen su corazoncito y cuentan con las debilidades propias de todo ser humano… pese a la hermética coraza que cargo y toga imponen…”. Es interesante la lista, aunque en general no sea sorprendente. Es más, la mayoría de las críticas las podemos compartir perfectamente los abogados, especialmente cuando es el contrario el que incurre en ellas, y deberíamos evitar caer en esos errores por nuestra parte. Solo acaso poner de manifiesto que, también los abogados tenemos nuestro corazoncito, y por ello comprendo que “ante una decisión del juez que no le favorece, el abogado la acate pero bufe literalmente, suspire ostensiblemente , eleve los ojos implorando amparo divino o encoja los hombros con rebelde resignación”.

Por cierto, en España los jueces no usan el martillo de las películas americanas sino una campanilla.




Francisco García Gómez de Mercado
Abogado